Hay palabras que aparecen antes de que sepamos exactamente por qué.

Radicante fue una de ellas.

La leí por primera vez en un texto de Nicolas Bourriaud, en su libro Radicante.
Allí hablaba de ciertas plantas que, en lugar de tener una única raíz fija, van generando nuevas raíces a medida que avanzan.

Esa imagen quedó resonando.

Porque, de algún modo, hablaba también de nosotros.

De cómo nos construimos con lo que vivimos, con los lugares que habitamos, con los encuentros que nos transforman.
De cómo nada es completamente fijo.
De cómo todo puede volver a echar raíz.


Cuando nació Radicante, entendí que ese nombre no era casual.

Cada pieza parte de un origen —un dibujo, una pintura, una memoria—
pero no se queda ahí.

Se transforma en textil.
Se mueve.
Viaja.

Y, sobre todo, llega a vos.


Ahí es donde algo esencial sucede.

Porque cuando elegís un pañuelo, no estás sólo eligiendo un color o un diseño.
Estás decidiendo cómo llevarlo, en qué momento, con qué historia.

Y en ese gesto, la pieza vuelve a enraizarse.

En tu cuerpo.
En tu vida.
En tu forma de habitar el mundo.


Por eso, Radicante no es solo una marca.

Es una red de raíces en movimiento.

Cada persona que elige una pieza la transforma, la completa, la continúa.
La lleva a otros lugares, a otros tiempos, a otras historias que yo nunca podría imaginar sola.


Tal vez, sin saberlo, todos somos un poco radicantes.

Y tal vez, cada vez que elegís una pieza, estás dejando una pequeña raíz en ese camino.

 

Gracias por ser parte.